La Vanguardia, 08/11/09
Más de 30.000 personas viajan cada año de Barcelona a Boston, pero sólo unos pocos lo hacen por turismo. La gran mayoría acude a este rincón de Nueva Inglaterra para hacer negocios o formarse. California y Massachusetts han rivalizado durante años como puntos de referencia de la nueva economía surgida en torno a internet y la biotecnología. Pero California está hoy en horas bajas por el naufragio del inmobiliario y una profunda crisis fiscal. Massachusetts, mientras, se mantiene a flote gracias a la estabilidad que da el negocio de la formación -unos treinta centros entre colleges y universidades- polarizada en torno a dos culturas tan distintas como la del Massachusetts Institute of Technology (MIT) y la Harvard University.
Son muchos los que viajan de Barcelona a Boston. Pero algunos incluso se quedan. Como Israel Ruiz, ingeniero barcelonés por la UPC que es hoy vicepresidente financiero del MIT. "El MIT que hoy conocemos empieza tras la II Guerra Mundial, cuando orienta su actividad hacia la investigación básica. En la década de los noventa esta tendencia se acelera. El éxito de nuestro profesorado en esta materia es tal que debemos frenar las incorporaciones". El encuentro tiene lugar en un pequeño despacho de paredes forradas de roble americano, pero el aspecto del Rogers Building, edificio principal del MIT, es vetusto y funcional, sin concesiones.
En el frontispicio de la entrada se lee "Mens et Manus". Y como cuenta Bill Aulet, teórico de la innovación, "lo interesante es mezclar ingenieros y hombres de negocios. Por separado no harían gran cosa, pero juntos...". Del MIT, de su claustro y sus alumnos, salen cada año 25 nuevas compañías, 122 patentes y 68 licencias. Dana Mead, decano, añade: "La meritocracia es uno de nuestros rasgos básicos. El futuro aquí no depende de lo que uno es, sino de lo que uno hace. El MIT te pone a prueba". Y aporta como argumento que el 19% de sus alumnos pertenece a la primera generación de su familia que accede a la universidad.
Puede parecer poco. Pero si alguien sospecha del elitismo del MIT, deberá pasar antes por Harvard. Si el MIT pone el énfasis en la austeridad, Harvard lo pone en el lujo. "Si ustedes van al MIT, lo único que podrán hacer es subir y bajar del ascensor. En cambio, en Harvard tienen cuarenta acres de tierra en los que pasear", explica el ceremonioso guía de la escuela de negocios que cambió la enseñanza del management con la literatura de casos. Y es cierto, Harvard tiene cuarenta acres de césped y setos entre arces y olmos. Y en medio, un enjambre de edificios de ladrillo rojo y hiedra reptante cuyo estilo ha sido imitado por las escuelas de medio mundo (también en Barcelona).
Lo que en el MIT es casual, en Harvard es siempre una tenue impecable; y lo que en el MIT parecen sabios despistados, en Harvard son muchas veces businessmen teaching business, según la expresión de una profesora que atiende a los visitantes.
Pero en lo que Harvard y el MIT coinciden es en haber aprovechado la crisis industrial de los ochenta para acelerar el cambio y ofrecerse como recambio de modelo económico. Si California tuvo su Silicon Valley, Massachusetts puso la Route 128, que bordea el gran Boston, alrededor de la cual se fraguaron primero la industria informática y después las telecomunicaciones, la tecnología médica y la biotecnología.
Son esos centros, y otros como el Boston College o la Northeastern University, los que han fijado a su alrededor -en particular en Cambridge- la mayor concentración de talento del planeta. Porque como gusta decir aquí, "magic comes face to face". El 48% de los alumnos que van al MIT procede de hogares donde no se habla inglés. Y otro tanto, o más, ocurre en Harvard. "Es la paradoja americana. De no ser por el talento exterior, Estados Unidos no estaría donde está", cuenta Carles Rufín, catalán que enseña en Suffolk University.
Sin embargo, tres décadas de nueva economía saben todavía a poco. Estos días, Estados Unidos está dejando atrás la recesión. Lo hace empujado por las ayudas públicas a la compra de automóviles y a la construcción. El apoyo a la innovación y a los emprendedores-marca de la casa- es una inversión para el empleo futuro, pero no basta para sustituir la vieja economía.
Sorprende también que la cultura que ha generado mayor entusiasmo por la iniciativa privada y el riesgo-"la probabilidad de fallar hoy es la habilidad para triunfar mañana", dicen - esté dopada de dinero público. Dinero público gestionado por manos privadas. El 75% de los 1.200 millones que inyecta anualmente el MIT en investigación procede de fondos federales. Y así todo. Patents, firma que coordina la investigación en el Massachusetts General Hospital, es de propiedad pública. Lo que no impide que su directora de investigación, Frances Toneguzzo,se inquiete por la reforma del sistema sanitario de la Administración Obama: "La reforma sanitaria no será buena para la innovación en los hospitales".
Durante años Massachusetts fue bautizado como Taxachussetts, por su elevada presión fiscal. El estado es hoy el que da mayor cobertura sanitaria a su población (casi el 98%). Pero aun así, la eficiencia empresarial es la prioridad en las actuaciones del sector público. Un dato que retener para comprender un modelo que medio mundo -de Bangalore a Barcelona- quiere copiar.
"Comer una ostra es besar al mar en los labios". Está escrito en las paredes del Oceanaire Seafood Room, restaurante que sirve el salmón y el bacalao a la manera de Nueva Inglaterra. Este es el paisaje amable, de Cape Cod a Martha's Vineyard, en el que se movía la familia Kennedy y a la que tanto se venera aquí; es el país que más valora las capacidades de Barack Obama -el primer centro universitario que ha visitado Obama ha sido justamente el MIT- y el único estado de la Unión que ha legalizado el matrimonio homosexual. Boston es la más europea de las ciudades americanas y no hace falta ser Dan Brown para rastrear la huella masónica en los edificios de una ciudad que soporta hasta veinte grados bajo cero en invierno. "Aquí viene uno para hacer dinero -explica Eduard Viladesau, de la clase del 2010 de la Sloan School of Management-, pero para quedarse siempre es algo duro".
BOSTON Enviado especial En Barcelona, ustedes tienen dos profesionales de primera línea en la investigación sobre el sida como Josep Gatell y Bonaventura Clotet. Su problema no es la falta de talentos, créanme, sino del marco institucional en el que se mueven. Tendría mucho más sentido hacerlos trabajar juntos", señala Bruce Walker, director del Ragon Institute y jefe de investigación para esta enfermedad en el Massachusetts General Hospital, uno de los tres grandes centros estadounidenses y núcleo de la impresionante infraestructura hospitalaria de Boston.
La sugerencia de Walker es coherente con la experiencia de un entorno en el que es fácil pasar del sector público al privado y viceversa, y en el que la formalidad en los tratos es básica. Boston tiene fundamentos sólidos para ser así. Pese a que sus primeros pobladores blancos se llamaban a sí mismos puritanos, Nueva Inglaterra ha sido siempre tierra de tolerancia religiosa, su elite ha gozado de un ambiente de alta cultura (la Boston Public Library es de 1854) y de un denso pasado educativo: Harvard está ahí desde 1636. Y el MIT, desde 1861. La creación de fundaciones como el Ragon Institute -obra de Philip y Susan Ragon- es habitual entre el patriciado de un país en el que los miembros de las distintas promociones de uno y otro colleges se citan periódicamente en todo tipo de encuentros, lo que les permite vigilarse muy de cerca.
El renacer de la economía de Massachusetts en los últimos años ha sido en parte obra de las universidades. No sólo son el primer suministrador de empleo del área, sino que cada año facturan en torno a 30.000 alumnos con una elevada capacitación. La habilidad de estos centros para captar estudiantes se explica también por su capacidad para tomar decisiones. "A diferencia de lo que ocurre en Catalunya, que tiene un sistema muy centralizado, aquí los consejos de las universidades diseñan su oferta de programa y la confrontan con el mercado", explica Carles Boix, profesor de Políticas Públicas en Princeton.
La clave reside en cómo gobernar, en lo que el mundo anglosajón califica de governance, es decir, la eficacia y calidad a la hora de dirigir una institución. Dana Mead, decano del MIT, sonríe cuando se le pregunta por cómo se gobierna el centro. Cuenta que tiene un consejo con setenta miembros en los que coinciden alumnos recién graduados, ex profesores y ex alumnos, todos con un mandato de cinco años. "Lo que nos guía es nuestro compromiso con la región y el conocimiento... -dice, y después se detiene unos instantes y remacha-: Esto es una dictadura benevolente".
Este clima explica también la facilidad con que universidades y hospitales han sabido atraer a Boston grandes centros de investigación de firmas como Pfizer, Merck o Novartis -esta última, después de admitir que en sus cuarteles centrales de Suiza se habían dormido en exceso-. Tampoco resulta extraño que la colaboración entre centros públicos y privados sea algo habitual. Desde Partners, Frances Toneguzzo coordina el trabajo de unos 700 investigadores en el General Hospital. Y la mayor parte de sus investigaciones se hacen en colaboración con el sector privado. "Son todos demasiado buenos. No tendría sentido que unos y otros compitieran. Cada uno aporta aquello en lo que sabe trabajar mejor", concluye.
En Holyoke, donde se construye el primer supercomputador verde -energía y cambio climático son el último objetivo en Boston-, colaboran el gobierno de Massachusetts, el MIT, las universidades de Boston y Massachusetts y empresas como EMC y Cisco Systems.
Con todo esto, es fácil entender que el área de Boston sea punto de peregrinaje para expediciones empresariales de muchos países que ven en su economía un modelo para replicar en sus respectivos países. La última de esas expediciones es la que ha protagonizado FemCat, fundación de empresarios catalanes que busca en el exterior referentes en política económica que aplicar en Catalunya.
La relación entre Boston y Barcelona viene de lejos. Antonio Valero fundó el Iese en 1959 después de visitar Harvard e importar algunos de sus signos externos. Hasta hace unos años existía un vuelo Barcelona- Boston con destino final en Niza. Ahora -y mientras Spanair no lo remedie- no hay vuelo directo. Barcelona ha mirado siempre a Boston con admiración. Aspira a ser una Boston europea por su densa estructura hospitalaria, la presencia de empresas farmacéuticas y una incipiente industria biotecnológica.
Si en un anterior viaje de FemCat a Finlandia lo que les sedujo fue el planteamiento positivo con que se abordan las crisis, en China lo que llamó la atención fue su política de infraestructuras a largo plazo. De Boston, han elogiado la manera como se gobiernan sus instituciones. Barcelona comparte con Boston una vieja arquitectura institucional económica y civil. Pero a la vista de los últimos conflictos judiciales, necesitada de una profunda modernización.
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